martes, 30 de mayo de 2017
Presencia
Observo jugar a mi hija en el parque y me contagia su sentimiento de plenitud. Cuando Naia juega no existen ni el ayer ni el hoy, sólo le importa dónde poner el pie para trepar por la escalera del tobogán, en qué momento soltar una mano para volverla a colorar en la barra superior, así, hasta que llega a la cima, feliz, satisfecha. Ha conquistado el mundo... Sólo para deshacer esa conquista un segundo más tarde cuando desciende, ya sin recordar ni importarle que estuvo en lo más alto (quizás en su sabiduría infinita de niño recién llegado a este mundo ya intuye que la vida será un camino con subidas y bajadas; que la vida fluye y en su fluir todo cambia). La observo y me dejo llevar por esa plenitud de presencia que tenía tan olvidada; me contagia el amor por el proceso, no por los resultados; me inunda el deseo de crear, de entregarme otra vez a Diana; me sacude los miedos propios al fracaso y a la necesidad de buscar la aprobación fuera de mi alma; me limpia los ojos de las legañas que mis atávicos genéticos se empeñan en plantar en mis pupilas; y siento una fuerza salvaje que me devora porque pide más vida. Vida real, vida vivida; no una vida comprada con experiencias de ocio prefabricadas, emociones servidas en historias vicarias, o empeñada en satisfacer los guiones impuestos en cadena que nuestra época nos obliga a seguir.
Así la observo, en el Mundo Parque. Tan feliz, tan plena. Y quisiera poder congelar este momento de plenitud de presencia y guardarlo en un hermoso frasco para poder admirarlo cuando la desazón me invada otra vez.
lunes, 29 de mayo de 2017
Barbarie
Vivimos al lado de la
barbarie. No queremos verla, pero está ahí. Pensamos que el manto de la
"civilización" nos protege y que "yo" no puede ser el
"otro". Ese “otro” que ha tenido la desgracia de pasar al otro lado, de
abrir las puertas a una dimensión donde el ser humano deja ser humano y termina
olvidándose de que es un ser. Y creemos, mezquinos, que ese “otro”, de buen
seguro, habrá cometido algún acto digno de arrastrarle a la barbarie, habrá
provocado a los dioses para que le castigaran de esa forma: así la culpabilización
de la víctima se convierte en el mantra protector contra el miedo que nos
provoca vernos reflejados en "ellos".
La barbarie comienza
siempre leve, sutil, sin hacer ruido. La división entre "ellos" y
"nosotros" se atrinchera en nuestro universo mental. El
"yo" y el "otro" se convierten en antagónicos, en enemigos.
Aterrados, buscamos refugio en la tribu, en las lealtades al grupo, en la
veneración de falsas imágenes de gloria. Adoramos consignas, cantamos himnos,
repetimos ritos. El odio y el miedo se abrazan. Nuestro cerebro reptil se
apodera de la parte racional. Dejamos de analizar, de cuestionar, de preguntar.
El calor de la manada nos protege.
Mientras tanto, la barbarie
se apodera de nuestras sociedades, de nuestros cuerpos, de nuestras almas y de
nuestros corazones porque dejamos de sentir como si fuéramos uno. ¡Permanezcamos
alerta para que la vorágine y el ruido de nuestras mentes no abran la puerta a
la dimensión bárbara!
domingo, 28 de mayo de 2017
Maternidades
Maternidades hay miles, infinitas, tantas como madres y bebés en este mundo. Y sentires sobre las maternidades hay incluso más, porque hay emociones que estallan un día y que al día siguiente se contradicen con la emoción actual.
Desde hace un tiempo a esta parte leo artículos sobre maternidades que construyen su idea de maternidad contraponiéndose a otra, como si de un "nosotros" versus "ellos" se tratara. En este enfrentamiento también hay una nueva línea donde se enfrentan las maternidades y las no maternidades, como si una u otra fuera superior.
Sentires hay infinitos. Y en eso está la belleza de la diversidad, que no necesita la contraposición para construirse. Una sociedad donde cada opción vital es elegida en libertad y respeta la libertad del otro no necesita de un fichero clasificador donde se acumulen en compartimentos estanco las distintas visiones de la maternidad que cada quien escoge. Y para hablar de maternidades hay que hablar de sensibilidades. Sensibilidades que llegan desde lo más profundo del ser materno, desde la mirada pura de tu cachorro; desde el amor que se respira en su abrazo espontáneo; desde ese cansancio agotador de noches sin dormir; desde ese "no puedo más", pero sabes que puedes porque te levantarás al día siguiente. Sensibilidades que llegan desde el colectivo, colectivo que abandona a su suerte a las mujeres después de parir sin preguntar si cuentan con red de apoyo; con bajas maternales crueles que obligan a miles de mujeres a incorporarse a su puesto de trabajo cuando ni ellas ni sus cachorros están listas para hacerlo. Silencios. Las maternidades implican silencios ante los consejos que te llueven; las críticas que escuchas; las guerras que se generan entre las maternidades; las imposiciones que caen sin avisar. Silencios guerreros, porque a veces tienen más fuerza que las propias palabras.
Las maternidades son imperfecciones porque nosotras no somos perfectas, ni aspiramos a serlo. A lo único que aspiro es a poder vibrar con mi cachorro en cada una de sus risas y en cada uno de sus llantos. Sentirlo con cada poro de mi piel. Y dejarle un baúl lleno de amor al que pueda acudir cuando el día de mañana se enfrente a la vida.
Desde hace un tiempo a esta parte leo artículos sobre maternidades que construyen su idea de maternidad contraponiéndose a otra, como si de un "nosotros" versus "ellos" se tratara. En este enfrentamiento también hay una nueva línea donde se enfrentan las maternidades y las no maternidades, como si una u otra fuera superior.
Sentires hay infinitos. Y en eso está la belleza de la diversidad, que no necesita la contraposición para construirse. Una sociedad donde cada opción vital es elegida en libertad y respeta la libertad del otro no necesita de un fichero clasificador donde se acumulen en compartimentos estanco las distintas visiones de la maternidad que cada quien escoge. Y para hablar de maternidades hay que hablar de sensibilidades. Sensibilidades que llegan desde lo más profundo del ser materno, desde la mirada pura de tu cachorro; desde el amor que se respira en su abrazo espontáneo; desde ese cansancio agotador de noches sin dormir; desde ese "no puedo más", pero sabes que puedes porque te levantarás al día siguiente. Sensibilidades que llegan desde el colectivo, colectivo que abandona a su suerte a las mujeres después de parir sin preguntar si cuentan con red de apoyo; con bajas maternales crueles que obligan a miles de mujeres a incorporarse a su puesto de trabajo cuando ni ellas ni sus cachorros están listas para hacerlo. Silencios. Las maternidades implican silencios ante los consejos que te llueven; las críticas que escuchas; las guerras que se generan entre las maternidades; las imposiciones que caen sin avisar. Silencios guerreros, porque a veces tienen más fuerza que las propias palabras.
Las maternidades son imperfecciones porque nosotras no somos perfectas, ni aspiramos a serlo. A lo único que aspiro es a poder vibrar con mi cachorro en cada una de sus risas y en cada uno de sus llantos. Sentirlo con cada poro de mi piel. Y dejarle un baúl lleno de amor al que pueda acudir cuando el día de mañana se enfrente a la vida.
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