viernes, 25 de agosto de 2017

Espacios públicos

Una de las formas de combatir la barbarie es compartir la mirada del "otro" para convertirnos, de alguna manera, en "nosotros". Y para poder compartir esas miradas necesitamos de espacios públicos.

Los espacios públicos son pulmones para la convivencia ciudadana. Quizás por eso el neoliberalismo se empeña en borrarlos discretamente dejando sólo a su paso centros comerciales y urbanizaciones cerradas con vigilantes privados. Este sistema despiadado quiere que los individuos nos atrincheremos en nuestros hogares y construyamos muros altos para protegernos del "otro" (que siempre es un ser malévolo, listo para atacar). Queremos rodearnos sólo de aquellos que se asemejan a nosotros, que tienen unos valores y acentos similares a los nuestros. Por eso ahora se levantan por las ciudades esas aberraciones urbanísticas con piscinas y zonas verdes en el centro. Ya no tenemos que salir a vivir la ciudad, con sus pros y contras, para encontrar semejantes y diversos. Los niños y niñas de urbanización ya no tienen que ir al parque de la ciudad donde se encontrarán con otros niños con acentos, colores y realidades distintas. Y si los padres quieren perpetuar ese aislamiento también en el ámbito académico, nada mejor que buscar un colegio concertado-privado donde lo que prevalece es la clase media española o clases medias de otros orígenes. Así estos niños y niñas crecerán imbuidos en un sistema de valores que nunca se habrá visto salpicado de discrepancias y  llegarán a la vida adulta sin haberse relacionado con otras realidades culturales y sociales; cuando tengan que filtrar otras realidades lo harán a través de estereotipos. Y así, una vez aislados de la ciudad, de nuestro entorno, nos despojamos de la categoría de ciudadanos. Para saciar nuestras dudas existenciales acudimos en masa a centros comerciales (espacios privados). Con las luces alucinógenas del consumismo nuestros ojos se ciegan y nuestra mente se vacía. Así se produce la metamorfosis desde el ciudadano al consumidor, del ser humano social al ser humano aislado.

Reivindicar los espacios públicos (parques, escuelas, hospitales) es una cuestión de supervivencia social como especie. Nos ofrecen la oportunidad de convivir con personas que de otra forma jamás se cruzarían por nuestra vida. Dejan de ser estereotipos para convertirse en personas reales que formarán parte de nuestros recuerdos.

EL HOSPITAL
Así, hace ya casi dos años, una tarde de diciembre compartí un box de urgencias de pediatría en el Hospital de Getafe con una joven madre gitana y una madre joven también del extra radio de Madrid. Allí estábamos las tres. Yo miraba la escena con los ojos de antropóloga que nunca me abandonan y me preguntaba cuáles eran las posibilidades para que en mi vida diaria yo pasara más de 4 horas seguidas conviviendo con personas de esas características.

Habíamos ido a urgencias porque Naia tenía dificultades al respirar. Nos ingresaron para tenerla en observación y descartar cualquier cosa grave. Al rato, mi hija quiso comer así que me desenfundé la teta y allá que se agarró. La mujer gitana, con toda la naturalidad del mundo nos dijo:

-Ay, no. Yo dejé de darle el pecho. Me enguarraba toda, me salía la leche por todas partes, era un asco. Así que biberón. Y mi padre así le podía dar de madrugada para que yo pudiera dormir.

Yo asentía ante todas las dificultades del pecho. Sí que es verdad que la leche sale por todas partes, que mojas la ropa, que apenas duermes.... así es la lactancia para muchas mujeres.

De vez en cuando dejaban entrar a los sufridos acompañantes para que nos echaran una mano. Entraron el padre de la mujer gitana y su pareja. Pude ver a un abuelo que se desvivía por hija y nieta, quien llevaba una mascarilla porque también tenía problemas respiratorios. El abuelo se puso a jugar con la pequeña con unos puzzles que le facilitaron las enfermeras.

-Es que ya hemos venido aquí varias veces, que la niña tose mucho y tiene mucho moco y siempre nos han mandado para casa, pero la niña no estaba bien, que se la veía. Hasta esta vez que nos han hecho caso, que parece que tiene algo en los bronquios... pero hasta tres veces nos han enviado pa' casa, que la niña está bien nos decían...

Mientras tanto Naia seguía enganchada a la teta, cada vez mejor y con la respiración más estable.
La otra mamá, rubia teñida, con pantalón de chandal ajustado y zapatillas de deporte de colores llamativos sostenía en brazos a un bebé un poco más pequeño que Naia.

-Es que se nos puso azul... lo pusimos boca abajo hasta que sacó la flema y nos vinimos volados para el Hospital... menudo susto ver que se ponía azul...

El padre de la criatura llevaba unos pantalones vaqueros ajustados y una camisa,  se balanceaba de un lado a otro con movimientos rápidos. En un momento dado, como si quisiera marcar territorio ante los otros machos de la habitación, se inclinó apoyando sus manos en los reposa brazos del butacón en el que estaba su esposa formando una barrera con su cuerpo mientras la mujer seguía contando lo ocurrido. La pose era la misma que probablemente utilizaba en una discoteca o en un bar mientras marcaba su espacio de macho ante la hembra elegida.

En un momento dado, cuando Naia ya llevaba un buen tiempo dale que te pego a la teta, la mujer del extra radio de Madrid me miró y me dijo:

-Claro, es que como no tiene chupete. Es que tienes que darle un chupete, si no está siempre al pecho...

(Recordemos que los consejos en maternidad son gratis y la mayoría de las veces no pedidos).

Finalmente, al cabo de unas horas, a ella y a mí nos dieron el alta. Su bebé se había atragantado con flemas y no tenía nada por lo que preocuparse, y mi bebita tenía un cuadro vírico de 24 horas que mejor pasarlo en casa para evitar coger algún otro bicho más grave. La mujer gitana se quedó con su niña de unos dos años con la mascarilla esperando a que la pasaran a planta.

Más allá de nuestros disfraces, de nuestros acentos, de nuestro acervo cultural, en ese box de pediatría del Hospital de Getafe (que por cierto, tiene excelentes profesionales) no éramos más que tres madres preocupadas por nuestros cachorros. Y sólo en un hospital público tres madres de orígenes tan diversos, con una historia personal tan diversa se pueden juntar para construir la tan necesaria convivencia social.


EL PARQUE

Esta mañana compartí tiempo y espacio con tres mujeres en un parque de mi ciudad al que voy a menudo a jugar con mi hija. Una mujer joven mulata; una mujer musulmana, creo que marroquí por el acento y yo, una mujer española nacida en Venezuela y casada con un mexicano. Mi hija de dos años se entretenía pintando en las mesas con juegos y materiales infantiles que el Ayuntamiento habilita cada verano en los parques de la ciudad. La mujer mulata cuidaba a una niña de unos 4 años. La mujer marroquí, con un velo que cubría la cabeza, cuidaba de sus dos hijas de unos 5 y 7 años más o menos que se entretenían jugando al ajedrez, y al mismo tiempo arrullaba a una bebita de poco más de un mes. Su hija de cinco años no hacía más que levantarse de la mesa para dar besos a su hermanita. La bebita se puso a llorar y su madre, tal y como he hecho yo en innumerables ocasiones con mi hija en el parque, comenzó a amamantarla con total naturalidad.

Más allá de su velo, más allá de mis creencias, éramos dos mujeres que amamantamos a nuestros hijos y que los llevamos al parque para que disfruten. En ese momento, cerré los ojos unos instantes y respiré hondo. Me llené de amor y gratitud por vivir en una sociedad que me permite disfrutar de estas estampas, mal que le pese a algunos.

Sin espacios públicos abiertos a todos perdemos los lugares donde personas de distintos estratos sociales, culturales y económicos nos juntamos y nos igualamos, donde convivimos y abrimos los ojos a otras realidades. Y con ello, generamos diversidad y convivencia social.

EPÍLOGO

Quieren que te desconozca, tema, que te rechace, te odie y te agreda. Quieren que te reduzca a una imagen que aniquila vuestra individualidad y diversidad, que te fotocopie con estereotipos usados y sobados y que ponga la misma careta grotesca a cada uno de vosotros y vosotras.
Pero hoy, en el parque, mientras acompañaba a mi hija en sus juegos, otra vez, la realidad más cercana se ha empeñado en tirar por tierra los muros que se empeñan en levantar. Tú, mujer de acento extranjero, con velo, mientras cuidabas a tus dos niñas que jugaban al ajedrez, ajenas todavía a la locura del mundo, abriste tu blusa y diste de amamantar a tu bebé de apenas un mes. Y con esa imagen me sentí hermanada contigo.