sábado, 16 de diciembre de 2017

Ecuador

Llego al ecuador de ese viaje al que llaman vida.
Llego con esencia de nieve en el pelo,
recuperando las palabras perdidas por el camino,
allá a la altura de la adolescencia.

Llego y me libro de la añoranza que, pesada, me acompañaba hasta ayer;
ese añoranza que revivía con melancolía los momentos pasados,
los amigos perdidos o abandonados (o aquellos que abandonaron).

Me reconcilio con la soledad, mi compañera.
Ya no huyo de ella ni me avergüenzo de vivir en sus latitudes.

Llego al ecuador con la serenidad de quien habla a diario con sus sombras
y las visita como a viejas amigas,
de quien sabe que sólo viviendo entre ellas se puede disfrutar de su luz.

Llego al ecuador mirándome de frente, sin tapujos,
apreciando mi valor
y reconociendo mis virtudes.

Llego al ecuador aireando heridas cubiertas de podredumbre
que sanan al respirar al abierto.

Llego. Y abrazo mi alma.

Y con cierto pudor digo que la felicidad me embarga.
Una felicidad tranquila, calma,
que nace de la confianza en uno mismo (a pesar de los momentos de duda),
serenidad que nace del respeto hacia tu Ser.

Llego con la mirada intensa, mirada que distingue entre el Bien y el Mal,
pero que no daña porque reserva su fuerza indómita para correr libre sólo por mi alma.
Mirada que sólo se desboca cuando quiero que su poder haga efecto.

Cierro los ojos y siento la Sabiduría de las ancianas,
el Valor de los ancianos,
la Perseverancia de los olvidados.

Y siento que la Esencia del Universo se condensa en mi Alma.
Estoy en Paz.



sábado, 9 de diciembre de 2017

Mil años

Hace mil años un pedazo de mí caminaba por la Tierra, con sus temores, con sus miedos, con sus angustias y sus amores. Y dentro de otros mil, otro pedazo de mí girará su cabeza al pasado y su alma temblará como tiembla hoy la mía al percibir cómo se diluye en la inmensidad del tiempo.

Se diluye pero no desaparece. Cada esencia que se une a esa corriente universal eterna que jamás cesa aporta lo mejor y lo peor de sí misma, y así enturbia o limpia el manantial de vida del que todos formamos parte.

Cuando comprendes que cada pensamiento, palabra, acción o sentimiento vivido influirá en la vida de los todavía no nacidos, y sientes como propio el dolor de los que te precedieron, no te queda otra que asumir tu responsabilidad para contigo misma para sanar viejas heridas; heridas centenarias que se fueron pasando de padres a hijos, de abuelos a nietos, así hasta el origen de los tiempos. Sabes que para sanar el futuro es necesario sanar el pasado, y todo ello pasa por sanar el presente. Y sabes que para mimar al mundo, para llenarlo de amor, primero tienes que acoger y amar a tu Niña Interior que llora asustada sin comprender las Sombras que la acechan.

Puedes cerrar los ojos, esquivar esos espectros oscuros, alejarlos durante un tiempo. No importa. Ellos son eternos y su paciencia inagotable. Saben permanecer quietos, silenciosos. Pero están. Su presencia es palpable, como la humedad acumulada durante décadas en la bodega de una casa vieja de pueblo abandonada. Y al igual que cuando abres por primera vez ese viejo caserón el aire enturbiado apenas te deja espacio para respirar, cuando las Sombras aparecen, tu mundo tiembla a tus pies. Las telarañas que fuiste colocando en tus propios ojos para no ver van cayendo y así despiertan dolores que llevaban anestesiados muchos años. El dolor está y tienes que convivir con él un tiempo. Pero para poder ver con la mirada limpia, para poder mirar en la profundidad de los tiempos, para poder atravesar los mil años del pasado y comprender los mil años del futuro, no hay más solución que limpiar legañas y almas.

La tarea es titánica. Respira hondo. Da el primer paso. Y ahora otro. Sumérgete en el presente y disfruta del camino. Así iremos limpiando, poco a poco, entre todos, ese manantial de vida llamado Humanidad.