Dedicado a mis compañeras y compañeros. A mis alumnos y alumnas. Por valientes.
Cada mañana mis niñas y niños se colocan en la fila para entrar en la escuela con sus mochilas a la espalda. Algunas son de colores llamativos. Otras, de equipos de fútbol o de los dibujos de moda.
Son mochilas que llevan y traen libros y cuadernos, lápices y agendas, los almuerzos y botellas de agua. Pero algunas traen, además, un desayuno no tomado, unos gritos escuchados al salir de casa, un insulto y un bofetón. Y si seguimos mirando encontramos la soledad de una madre, que lucha por sacar a su hijo adelante porque el padre de desentendió de ellos hace ya meses y no tiene quien le eche una mano. Entre las costuras gotean las lágrimas de una niña que lleva tres años ya sin ver a sus padres porque viven al otro lado del Atlántico. Y se escurre densa la desesperanza de un padre que se cansó hace ya tiempo de esperar una llamada telefónica que le ofreciera un trabajo. Asoman los zapatos rotos, un pantalón de chandal con agujeros y unos puños gastados porque los 600 euros con los que tienen que vivir 4 hijos y un matrimonio da poco más que para pagar el alquiler. Y cuando la abres, la mochila vomita la paliza que el padre le dio a su madre porque la cena no estaba preparada en la mesa.
Todo esto me encontré una mañana al entrar a clase en algunas de las mochilas.
También mil sonrisas acompañadas de un buenos días.
Así, entre letra y letra, coloco una píldora de amor en un bolsillo de pantalón; entre número y número, una mirada de admiración por una brillante respuesta; entre un hello y un bye-bye, un caramelo de esperanza. Y a lo largo de la mañana vamos llenando las mochilas con mimos, y alegrías para que tengan refuerzos para afrontar sus noches y sus días.
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