Un escalofrío ha recorrido mi cuerpo esta mañana cuando me
he sorprendido hablando con mi marido sobre la posibilidad de tener
que salir por patas de España. El espanto viene al darte cuenta de que estas
conversaciones forman parte de la cotidianidad, se han vuelto tema habitual en
muchas casas, como quien habla del tiempo. Y es que desde hace un tiempo a
esta parte, el ambiente está cada vez más denso, fétido y húmedo.
Íbamos los dos en el coche camino a regarle el huerto a unos
amigos que están de vacaciones y la conversación tenía estos tintes:
- ¿Al final le sacamos a la niña el pasaporte mexicano?
-Claro, cuando le hicimos su partida de nacimiento mexicana-
le contesto-. Lo que no sé es si está
caducado. Eso tenemos que mirarlo.
-Mi pasaporte mexicano sí está bien, cuando lo hice me
dieron 10 años.
-Creo que tengo que renovar mi pasaporte venezolano
-añado. (Ese pasaporte que caducó hace
ya más de 40 años, cuando mis padres, españoles emigrantes, decidieron retornar
a un país que para mí era más un marco simbólico que una realidad tangible).
-No creo que te hiciera falta. Podrías salir con nosotros en
caso de emergencia
-Pues no sé yo. He escuchado casos de familias refugiadas en
las que los miembros que no tenían la otra nacionalidad se quedaron varados en
la zona de conflicto.
Después de un silencio, mi marido me dice:
-Creo que tal como están las cosas, mejor posponemos la idea
de comprar un terreno para hacer una casa de recreo.
Asiento con la cabeza porque sé que las guerras, que las
luchas violentas, estallan sin avisar, de un día para otro. Siempre me ha
sorprendido que 24 horas antes del comienzo de un conflicto la gente estuviera
viviendo con normalidad; que los universitarios fueran a la universidad; los
niños y niñas, a la escuela; el albañil, a la obra… Si sabes con certeza que
una guerra va a estallar al día siguiente y partirá tu presente y futuro, ¿así
es como actuarías el día previo?
El escalofrío no fue por la perspectiva de tener que
marchar, sino por la normalidad con la que hemos asumido que esto pueda llegar
a ocurrir. ¿Cómo hemos llegado a esto?
Los fascistas han comenzado atacando a los migrantes sin
documentos, continúan contra la población magrebí, continuarán con las
feministas, las personas de izquierdas, los homosexuales… no se detendrán. Su
sueño húmedo es fusilar a 25 millones de españoles que no compartimos su
proyecto de país (porque también es nuestra patria, mal que les pese. Llámenme
exagerada pero ese exabrupto lo soltó un militar retirado en un grupo de
WhatsApp, entre otras lindezas).
La extrema derecha de este país lleva años cargando contra
la población migrante. Los últimos acontecimientos de Torre Pacheco no son más
que el culmen de una estrategia que estos camisas pardas llevan años aplicando.
Tienen financiación tanto nacional como internacional; tienen un brazo armado (Desokupa y grepúsculos afines); un brazo político (VOX)
y todo una brazo jurídico y social (Abogados Cristianos y Hazte Oír), además de
un brazo comunicativo de pseudo medios que se financian con dinero público.
La sociedad civil tiene que reaccionar de forma urgente.
Ante un comentario racista entre un grupo de amigos ya no vale el silencio.
Sólo la oposición firme y clara, el rechazo frontal al odio que escupen por sus
bocas, puede parar esta espiral de violencia.
La comunidad migrante no me genera ni miedo ni inseguridad.
Son mis vecinos y vecinas, las personas que trabajan a mi lado, los padres y
madres de mi alumnado al que trato de educar en los valores de los Derechos
Humanos. Son el otorrino que atendió a mi hija en su última otitis. Es el hombre que
trajo a casa la nevera que compré hace unos días. Es el conductor del autobús
de mi ciudad y el pescadero del supermercado de la esquina. Así que no, ellos y
ellas no me aterran. Me aterra el odio que escupen las bocas de extrema derecha.
Me aterra la pasividad de la fiscalía, la “imparcialidad” del sistema judicial que ve delitos de terrorismo en un grupo de ecologistas y de sindicalistas,
pero no utiliza esa palabra cuando un grupo de fascistas atacan a un colectivo
racializado. Me hiela la médula escuchar a un energúmeno decir que “hay que
hundir el Open Arms”.
¿Y qué podemos hacer la ciudadanía? No callarnos. Porque el
silencio nos hace cómplices. El silencio concede, quien calla otorga. Así, ante
un comentario racista en un grupo de conocidos, no queda otra que alzar la
palabra y confrontar. Nuestras palabras,
nuestra posición firme y templada ante el odio y la estupidez son las únicas
armas que tenemos para parar esta locura antes de que sea demasiado tarde.
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