miércoles, 31 de octubre de 2018

Mochilas

Dedicado a mis compañeras y compañeros. A mis alumnos y alumnas. Por valientes.

Cada mañana mis niñas y niños se colocan en la fila para entrar en la escuela con sus mochilas a la espalda. Algunas son de colores llamativos. Otras, de equipos de fútbol o de los dibujos de moda.

Son mochilas que llevan y traen libros y cuadernos, lápices y agendas, los almuerzos y botellas de agua. Pero algunas traen, además, un desayuno no tomado, unos gritos escuchados al salir de casa, un insulto y un bofetón. Y si seguimos mirando encontramos la soledad de una madre, que lucha por sacar a su hijo adelante porque el padre de desentendió de ellos hace ya meses y no tiene quien le eche una mano. Entre las costuras gotean las lágrimas de una niña que lleva tres años ya sin ver a sus padres porque viven al otro lado del Atlántico. Y se escurre densa la desesperanza de un padre que se cansó hace ya tiempo de esperar una llamada telefónica que le ofreciera un trabajo. Asoman los zapatos rotos, un pantalón de chandal con agujeros y unos puños gastados porque los 600 euros con los que tienen que vivir 4 hijos y un matrimonio da poco más que para pagar el alquiler. Y cuando la abres, la mochila vomita la paliza que el padre le dio a su madre porque la cena no estaba preparada en la mesa.

Todo esto me encontré una mañana al entrar a clase en algunas de las mochilas.

También mil sonrisas acompañadas de un buenos días.

Así, entre letra y letra, coloco una píldora de amor en un bolsillo de pantalón; entre número y número, una mirada de admiración por una brillante respuesta; entre un hello y un bye-bye, un caramelo de esperanza. Y a lo largo de la mañana vamos llenando las mochilas con mimos, y alegrías para que tengan refuerzos para afrontar sus noches y sus días.

viernes, 15 de junio de 2018

Fuego

Antes de que el Hombre Blanco domesticara las inmensas llanuras del Medio Oeste americano, las Tallgrass Prairie, o praderas de hierba alta, ejercían su dominio desde el Río Bravo hasta tierras canadienses. Éste era el hogar para numerosas tribus de nativos americanos (Sioux, Dakota, Lakota, Apaches, Cheyennes...) Nómadas o semi-nómadas que seguían al bisonte, que les proveía de casi todo lo que necesitaban para su existencia. En estos campos las herbáceas se alzaban, en ocasiones, hasta los dos metros. 

Las noches sucedías a los días y el invierno a la primavera, los viejos morían y los bebés nacían. El animal peludo, rey de las praderas, pastaba plácido mientras escuchaba las sinfonías compuestas por el viento e interpretadas por las plantas. 

Y como motor de esta existencia, el Fuego. Fuego que irrumpía con furia desatada durante tormentas en las que los cielos manifestaban todo su poder y rabia; relámpagos kilométricos que durante segundos hacían retumbar las entrañas de la tierra. 
Entonces aparecía una chispa minúscula, insignificante que prendía en un viejo tallo seco, decrépito que se convertía en ausencia de vida mientras la chispa aumentaba su tamaño y saltaba al tallo contiguo hasta convertirse en un mar de llamas que sólo se apagaba cuando había saciado su apetito de destrucción. 
Pero la muerte que había provocado sólo duraba un segundo, el segundo que transcurría desde que la última chispa se desvanecía en la nada y el resurgir de la vida. 

El fuego traía, a través de la muerte, el nacimiento. Sólo con sus llamas se conservaban vivas las Tallgrass Prairie. 

Así, décadas después de haber domesticado estos espacios, de cambiar el bisonte por las vacas y exterminar a los nativos americanos, algunos Hombres Blancos sintieron el escalofrío de la pérdida de la belleza de aquel paraje y añoraron algo que nunca habían conocido. 

Intentaron traer a la vida esas praderas extensas de hierba lo suficientemente alta como para borrar de la vista del horizonte a un hombre a caballo. Lo intentaron todo, pero las hierbas altas como gigantes no volvían.

Entonces, el hombre Blanco, aquel que se creyó y cree dios del Planeta, amo de sus bestias y dueño de sus plantas y tierras; aquél que necesita controlar, dominar, mandar y obedecer para sentir una seguridad ficticia, comprendió que la libertad no se domestica; que la muerte y la vida sólo están separados por un segundo interminable que abarca el alfa y el omega. Y comprendió que el fuego incontrolable, salvaje y libre es el demiurgo de estas tierras. 

domingo, 10 de junio de 2018

Locura

Si te acercas demasiado al sol, te quemas. Y si te acercas demasiado a la verdad, tocas la locura con la punta de los dedos. Comienza tu alma, entonces, a bailar en la cuerda floja haciendo piruetas mortales sin red que te salve de caer en los abismos de lo demente.

Y cuando lo experimentas, aunque sea sólo una vez, no lo olvidas jamás. 

A mí el paseo por la frontera de la locura me sorprendió camino a Madrid, en un autobús, durante las casi cinco horas de camino, hace ya casi quince años. 

En el letargo de mi viaje mi mente empezó a barruntar, a ir más allá. Observaba las caras de los pasajeros y todo me parecía un decorado de película B de presupuesto bajo. De pronto, ese viaje, mi vida, todas las vidas, me parecían un montaje irreal alejado de mi esencia. Comprendí en un segundo, con una claridad cegadora, que todo era un juego bastante estúpido, que vivíamos en un matrix sin mucho sentido. Cada uno de nuestros instantes eran parte de una gran obra de teatro desplegada, y nosotros, quizás sin saberlo, no éramos más que marionetas de nuestros deseos y de los deseos del grupo. El autobús, la ciudad con sus miles de edificios, los millones de vidas que se viven cada día, las normas sociales absurdas, la maldad del ser humano, la hipocresía, el dolor, los egos desbordados que acechan en cada esquina, la pobreza, la riqueza, el aparentar lo que no es, el afán por agradar al otro... ¿cuál es el sentido de la vida?

En este momento mi cuerpo tembló. Mi alma quería salir corriendo del gran teatro en el que había participado desde su nacimiento, mi esencia no quería doblegarse a vivir en una farsa después de haber vislumbrado el brillo de la Verdad...

...el autobús llegaba a su destino y una cara amiga me sonreía. Bajé y comprendí que el salto al abismo no tenía marcha atrás y que no había red para amortiguar el golpe... así que cerré los ojos, respiré y acepté bailar al compás de las sombras de la cueva.