Vagan por nuestras tierras cien mil almas en pena intentando ver la luz que algunos les niegan. Durante décadas el silencio añadió otra muerte a la ya existente. Y los asesinaron dos veces.
Y porque no queremos vivir en esa muerte ni ser cómplices de sus asesinos iremos a desenterrar sus huesos así sea con nuestras manos. Excavaremos la tierra y nos llenaremos de sangre seca para recoger sus restos y llorarlos con la dignidad que la barbarie aniquiló.
Mal que le pese a quien le pese.
Seguiremos recorriendo los caminos de nuestro país para buscar en cada cuneta, orgullosos de nuestros abuelos y nuestras abuelas, de aquellos que soñaron con una España diversa. Porque gracias a ellos, a los sacrificados, a los que se fueron, a los que huyeron, a los que lucharon, a los que se quedaron y vivieron bajo el régimen del silencio pero no olvidaron, reconozco mis orígenes y dejo de ser una apátrida. Y me encuentro con mi país, aquel que un gallego bajito quiso borrar del mapa. Aunque ese país podría ser cualquiera. No conoce de fronteras. Allá donde haya un grupo de seres humanos que se resigne a la injusticia, me sentiré en casa.
(Y por muchas facturas que envíen para cobrar las exhumaciones, seguiremos exhumando).
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