jueves, 29 de junio de 2017

Nómadas

Cierro los ojos y escucho a lo lejos el ruido de un motor ligero dentro de mi alma, un runrún continuo que no para. Es mi espíritu nómada que me increpa por haber echado el ancla en una ciudad castellana.

Cierro los ojos, y mis alas de mariposa me dicen que necesitan volar libres otra vez, ir a recorrer nuevos caminos, maravillarse con otras bellezas y disfrutar de gentes con formas distintas de ver el mundo.

Mi espíritu nómada añora la novedad, el vivir en un país desconocido, el aprender a interpretar las sonrisas en otras culturas y los lenguajes que no se hablan. Añora el tener justificado de antemano sentirse "raro" puesto que todo lo que le rodea le es ajeno. Añora reunirse con otros nómadas alrededor de un fuego sabiendo de antemano que cuando las llamas se apaguen cada uno partirá otra vez para continuar con su errar vagante y que no habrá lazos profundos entre ellos, tan solo recuerdos intensos de momentos mágicos.

Pero bien sabe mi nómada salvaje que cuando estamos en ruta suspiramos por el calor de las amistades de miles de años; envidiamos esas casas con familias sentadas alrededor de fuegos domesticados que charlan de las pequeñas cosas intrascendentes de su cotidianidad; y envidiamos precisamente esas rutinas establecidas a lo largo de las décadas de los sedentarios que nada tienen de excitante o novedoso pero que serenan el alma como las brisas frescas de las noches tórridas de verano.

Y así, mi nómada y yo somos como un marinero que estando en alta mar suspira por impregnarse  del olor de su hogar pero que cuando llega a puerto cuenta los días que faltan para que su barco vuelva a zarpar.

Ahora estamos en tierra firme aprendiendo a echar raíces a la sombra de un milenario Alcázar; sanando heridas que necesitan de la tranquilidad y la rutina de la vida sedentaria; buscando a otros nómadas con los que compartir no ya hogueras en los claros de los bosques, sino fuegos domesticados, para evocar nuestras nostalgias alrededor de las llamas y para cerrar los ojos y dejarnos arrullar por el runrún de nuestros motores que están ahí esperando, pacientes, a que les demos la señal para que nuestras alas de mariposa comiencen a funcionar de nuevo.



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