jueves, 1 de junio de 2017

Risas

La risa de mi hija llena el aire de duendes y hadas que vuelan alegres por la casa. Se ríe a carcajadas, me mira, se detiene un segundo para tomar aire y continúa con el juego de la risa. Sus grandes ojos negros miran al mundo, me miran, y en ese momento aprendo a tomar consciencia del momento. Mi pequeña maestra me recuerda que el aquí y ahora, el goce infinito de un segundo,  es el único camino hacia la felicidad. De nada vale centrarse en la consecución del objetivo si no disfrutamos del recorrido para conseguirlo. Si sólo miramos hacia la línea del horizonte, el sol nos quemará los ojos. Y con los ojos cegados no seremos capaces de ver la belleza de los colores de las flores, de contemplar como el viento mece los campos de trigo en las llanuras o de sentir con la mirada la suavidad del musgo en una pared de piedra en medio del bosque. Si sólo caminamos para llegar a la meta, nuestros pies se llenarán de ampollas y no querremos parar para curarlas. El dolor nos impedirá salirnos del sendero unos metros para llegar a ese mirador que se asoma al valle, puesto que todas nuestras energías están medidas para los kilómetros restantes. Andaremos como autómatas, seres inertes incapaces de conectarse con sus deseos más ardientes y vitales. El cansancio invadirá cada célula de nuestro cuerpo y acabaremos arrastrándonos hasta aquello que tanto habíamos añorado.

Y lo más trágico de nuestro caminar no serán ni los ojos cegados, ni los pies llenos de ampollas, sino la falta de plenitud que tendremos cuando por fin abracemos la meta; el vacío tan frío que nos abrazará y que nos obligará a ir corriendo detrás de otro ideal, de otro falso hito que coronar. Y estaremos atrapados en un camino de ida y vuelta que se repetirá hasta el infinito.

Olvido estos pensamientos y reflexiones,  me uno a sus risas, y las dos vibramos con los ángeles que nos observan felices.

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